El puente de los espías

Las cuatro esquinas del mundo

El puente de los espías nos demuestra, como ya hizo Lincoln de forma aún más brillante, que Spielberg está alcanzando el mejor momento de su carrera profesional. Sus temas y sus obsesiones siguen ahí, pero ha ido puliendo los defectos de su cine, en particular una cierta afición por el énfasis, de forma que cada vez es más sutil y más auténtico. El héroe de Spielberg es, a menudo, un hombre aparentemente común, con una cara común. Alguien con la cara de Tom Hanks, el maestro que desembarca en Normandía, o con la cara de Tom Hanks, el hombre al que golpean y se levanta una y otra vez, hasta ser el único que queda en pie en un puente nevado en Berlín, cuando las luces se apagan.

Antes, Spielberg remarcaba en exceso. Su dramatismo caía en la retórica. Ya casi no queda nada de ese defecto juvenil, trasunto del veloz falso…

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