De salud bien

Icástico

Hasta que volé del nido por voluntad propia viví en la octava planta de un edificio de renta limitada. El último piso. Tenía un ascensor con artrosis que se quejaba de sus huesos mientras iba y venía cargado de vidas. A las visitas no le gustaban mucho sus lamentos. Era lento, el tal para ir en busca de la muerte. Me hice experto en el tiempo de frío, lluvia o calor y en la salud, los dos temas que abrían y cerraban las invariables letanías en esa carrera espacial. Toda queja o actualización existencial de adversidades propias y ajenas (cotilleo) que entre hola y adiós intercambiaban los vecinos o vecinas remataba inexorable entre gestos y suspiros con la misma lapidaria frase: “ay, fulanita, lo importante es tener salud”. Hasta los huevos estaba de viejos y de salud.

El tiempo, el otro, el del frio eterno, trae los ecos del vetusto…

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