Falsas apariencias

Icástico

Como hijo mayor recaían sobre Pedro, por imposición, distintas tareas que eran exclusivas del padre y que este detestaba. Le había pillado el gusto y convirtió a su vástago en el chico de los recados, para todo. La lista de marrones no paraba de crecer. Era uno de ellos lavar el coche del progenitor, ¡en plena calle!, esto Pedro lo llevaba muy mal. Vivían en un barrio del centro, denso, bien poblado, se podría decir que en la “milla de oro” por la categoría de muchas personas y la profusión de elegantes comercios. Hacía poco que había cambiado de colegio, asimismo por capricho paterno. Ahora iba a un centro elitista, abarrotado de pijos, algo que nunca le había hecho ninguna ilusión; no pertenecía a esa clase. Jamás se acostumbró. Sabía que el padre lo hacía buscando la relación con lo más granado de la sociedad, para que pudiera valerse…

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